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mayo 2013
San Carlos de Bariloche

29 de mayo de 2012 |

El otro nombre de John Banville

En la metódica y conservadora Dublin de los años cincuenta, el cadáver de una joven mujer aparece flotando cerca de la costa, en la orilla de Dalkey Island. Y el hallazgo supone trabajo para el forense, el doctor Garret Quirke. La llamada de un viejo conocido del pasado, el viudo de la reciente muerta, lo sorprende: le pide, sin especificar razones significativas, que no realice la autopsia, que la evite. Esa es toda la sospecha que necesita el desordenado y curioso Quirke para comenzar a formular preguntas distraídas. El libro se llama “El otro nombre de Laura” y lo escribió Benjamín Black, pseudónimo de John Banville.

La escena no cambia y los protagonistas tampoco. Dublín, durante la década del cincuenta, y el médico Garret Quirke, patólogo, un tipo cada vez más melancólico y taciturno. Su biografía, trazada poco a poco, se modifica y, de alguna manera, forma parte circunstancial del relato. Más: sus relaciones familiares, tan magníficas (literariamente hablando) como grises, plagadas de silencios y verdades a medias, donde lo que no se dice es tan importante como aquello que se grita a viva voz, son parte de la trama porque dibujan el carácter de Quirke, que se metamorfosea con su propia historia (los libros que lo tienen como protagonista son El secreto de Christine, El otro nombre de Laura y En busca de April; conviene leerlos en este orden, aunque no es indispensable: los argumentos específicos se resuelven; son las circunstancias del doctor Quirke las que se modifican de texto a texto)

Antes que nada es indispensable volver a remarcar que Benjamín Black es el pseudónimo del escritor irlandés John Banville. La segunda certeza es comprobar que “ambos”, independientemente de los territorios y las temáticas que exploren, son dueños de una prosa extraordinaria. La narración es tan vehementemente bella que se transforma en otra excusa inevitable al momento de decidir qué leer. El traje de la novela negra le queda cómodo y elegante a Mr. Black, circunstancia que enaltece al género (y a Banville por transitarlo, aunque vaya cualquiera a saber por qué eligió otro nombre para continuar escribiendo como los pequeños dioses de entrecasa que todos solemos frecuentar).

Quirke, solitario y curioso, recibe una inesperada llamada por parte de un viejo conocido, de esos que son porque han sido alguna vez. El cadáver de una hermosa mujer aparece flotando en el mar, cerca de la costa, y el tipo que retorna del pasado, angustiado, sabe que Quirke es patólogo y que, dadas las circunstancias, una autopsia será inevitable. Pues bien, el pedido es sorprendente: Billy Hunt no quiere que se la realicen y en esa pequeña Dublín, todos saben quién es el médico forense que se encarga de esos menesteres en el Hospital de la Sagrada Familia. En algunas circunstancias, todos los caminos conducen a él y a su sigiloso ayudante, el reservado y discreto doctor Sinclair. Al menos, la extraña solicitud indica que Hunt pretende evitar preguntas. O más preguntas. Al mismo tiempo se transforma en la sospecha indispensable.

La mujer, aparentemente, se suicidó. Pero la idea parece no convencer a nadie, mucho menos a Quirke (“sufro una curiosidad incurable”, dirá por ahí) Pero el tema supone hacer preguntas y el enigma (de alguna manera hay que llamarlo) abandona los distritos helados del tanatorio y de la mesa de mármol para comenzar a interactuar, de varias maneras, con personas que se han cruzado en el camino de la difunta. Una de ellas es la hija de Quirke, Phoebe, y otro el inspector Hackett, memorable personaje de la policía oficial que fuma lentamente, piensa mucho y dice poco. Pero lo imprescindible. Y todo se lo plantea a Quirke, así como al pasar, como si se tratase de un Sócrates irlandés aficionado a los problemas intelectuales sin solución y a la cerveza negra. El doctor escucha y procesa. Tampoco él muestra todo su juego, tampoco él dice todo lo que sabe.

Más allá del relato, de las ideas, de las formas y de las metáforas que eligen Banville/Black, es necesario advertir que el propósito del argumento no es moral ni ético ni implica “hacer justicia” en el sentido estricto del término. Quirke, que ha decidido dejar el whisky y la cerveza por un tiempo, no es detective ni policía siquiera. Es un patólogo que confiesa que le hubiese encantado ser “cirujano” (“supongo que debí de preferir los muertos antes que los vivos. Los muertos no dan problemas, como me dijo antes alguna vez”) y que no puede evitar (afortunadamente, caso contrario no existirías esa “suspensión voluntaria de la incredulidad” a la que se suele denominar literatura) avanzar allí donde parece que no hay nada. El concepto, en medio de una trama un tanto dark, está más cerca del placer de escribir y de leer que de otra cosa. Se trata de contar y de describir la vida (y los problemas e incluso los probables asesinatos que suceden en la Dublín de los ’50). Los tribunales no le importan a Quirke. Tampoco a Black.

La muerte de Deirdree Hunt (o Laura Swan, tal su otro nombre) permite la corroboración de otros mundos, que están allí, a la vuelta. Pero también, aún tratándose de un sujeto un tanto monótono (pero de ninguna manera aburrido) como Quirke, ingresar en los infinitos territorios de las controversias intimistas y filosóficas. El forense sabe cuál es su deber y conoce a la perfección aquello que “tiene” que hacer, lo inevitable. Pero no puede ignorar el deseo de Hunt, un susurro que viaja desde el pasado. Y debe imaginar y llenar los huecos que la (no) historia le presenta. Como siempre, como todos los días, tiene ante sí un cadáver y un enigma. Los misterios tienen soluciones o respuestas en ninguna parte y un cadáver es algo que ha sido, que ya no es, pero que “dice”. Los cuestionamientos también incluyen al patólogo, que se interroga respecto a cuál debe ser su postura ética frente a éste tipo de situaciones. “Hemos hecho el Juramento Hipocrático, pero me pregunto qué significado tiene cuando resulta que todas las personas a las que tratamos, si es que se puede decir que las tratamos, están muertas. No tenemos nada que ver con los médicos”, intenta explicarle a Sinclair, que lo escucha como tratando de entender hacia dónde apunta su jefe.

Delicada y sombría novela de Benjamín Black, que además, como su hermano gemelo John Banville, escribe demasiado bien. “El aire no olía a nada. Era como una casa en la que aún no se hubiera vivido”.

  • El otro nombre de Laura. Benjamín Black (John Banville), Alfaguara, Montevideo, Uruguay, 2008)

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