Martes 21
mayo 2013
San Carlos de Bariloche

Lo mejor, lo más extraordinario de Laurent Binet es que escribe bien (inclasificablemente bien) y que hace lo que quiere con sus ideas y con sus palabras. HHhH es su primera novela. Antes, era prácticamente un desconocido. Tanto que la solapa del libro tiene cuatro pequeños renglones (casi un trámite formal) además de una foto de su rostro: dice que nació en París en 1972, que realizó su servicio militar en Eslovaquia, que vivió en Praga y que es profesor universitario de no se sabe qué cosa. Nada más. Y poco importa. Su trabajo, además de iniciático, es notable.
Binet retoma una secuencia atroz de la Segunda Guerra Mundial: los acontecimientos que derivaron en el atentado que terminó con la vida de Reinhard Heydrich, un nazi “completo” y decidido, atroz, peligroso y antisemita furioso, de los que hacía su trabajo a conciencia. Conocido como “el carnicero de Praga” o la “bestia rubia”, fue nombrado “protector” Bohemia y Moravia luego de la anexión por parte de la Alemania hitleriana de estos territorios checos -pero con una gran influencia cultural germana desde hacía siglos- en 1938. Además era mano derecha del indeseable de Heinrich Himmler (comandante de las SS), director de la Gestapo y de la Oficina Central de Seguridad del Reich. Fue, además, uno de los ideólogos del Holocausto y de la Solución Final (Endlösung) contra los judíos de Europa. Una joya…
El título del libro tiene su explicación (histórica y semántica): las “cuatro haches” (tres en mayúscula y una en minúscula) en alemán quieren decir Himmlers Hirn heiss Heydrich, lo que traducido a cualquier idioma ofrece la certeza de la comprensión: “el cerebro de Himmler se llama Heydrich”. Binet, con su propio estilo, muchas veces en primera persona, otras imaginando qué hubieran dicho los protagonistas en determinado momento, admitiendo un error cometido en páginas anteriores o discutiendo con su novia, narra nuevamente una secuencia histórica devenida en literatura. También lo hace comentando y parafraseando novelas y películas que se ocuparon del tema o planteando especies de pequeños capítulos relacionados con el argumento que está desarrollando. Por ejemplo: “Polémica por un juego checo. Un sitio de Internet concebido para captar el interés de los jóvenes checos por la historia del pueblo de Lidice, destruido por completo por los nazis en junio de 1942, propone un juego interactivo consistente en “quemar Lidice en el menor tiempo posible” (“Liberation”, 6 de septiembre de 2006). El pequeño pueblo de Lidice fue una de las consecuencias más terribles que la patología nazi pergeñó para vengar la muerte de Heydrich: resultó literalmente arrasado y prácticamente borrado del mapa. Los nazis asesinaron a 340 personas de todas las edades, hombres, mujeres y niños. El preludio de Auschwitz, Treblinka y Bergen Belsen. La continuidad de Dachau y Mauthausen.
Binet, como si se tratase de un soliloquio y estuviese pensando y escribiendo para nadie, va y viene en el tiempo para llegar a la mañana del 27 de mayo de 1942. Luego de la ocupación alemana, muchos ciudadanos de Checoslovaquia huyeron hacia donde pudieron, aunque una buena cantidad pudo viajar a Londres para alistarse en la Resistencia checa. Allí llegaron el checo Jan Kubiš y el eslovaco Jozef Gabčík. Binet Incluso cuenta cómo se enteró de datos que le iban a resultar indispensables: “Mucho antes de la separación de los dos países, cuando todavía era un niño, yo hacía la distinción entre checos y eslovacos gracias al tenis. Por ejemplo, sabía que Ivan Lendl era checo, mientras que Miroslav Mecir era eslovaco…”.
Kubiš y Gabčík, ambos, paracaidistas, fueron los protagonistas de la “Operación Antropoide”: saltaron sobre Praga en diciembre de 1941 y durante meses pensaron en cumplir con su objetivo: nada más y nada menos que atentar contra la vida del dueño de la vida de todos los checoslovacos (incluso de los que adherían al régimen de Berlín, que no eran pocos, como también sucedió en otros países de Europa), Reinhard Heydrich, el “carnicero de Praga”. Y el 27 de mayo de 1942 Heydrich viajaba sin escolta en su aterrorizante Mercedez Benz descapotable. Sólo él y su chofer. En la curva de Holešovice Kubiš y Gabčík atacaron por sorpresa: el fusil inglés Sten de Gabčík falló ante un Heydrich prácticamente indefenso. Pero Kubiš lanzó una bomba al automóvil. Heydrich fue a parar al hospital, donde moriría de septicemia días más tarde. Kubiš y Gabčík ya no saldrían con vida de Praga. Karel Čurda, un compatriota y paracaidista que también había escapado a Londres, los va a delatar por dinero. Luego de la guerra, en 1947, fue juzgado y ahorcado por traición.
Laurent Binet no se centra sólo en las biografías del checo y el eslovaco, que sin duda son trascendentales. La memoria y el reconocimiento que aún hoy se les prodiga a ambos es más que elocuente. Binet escribe. Escribe un texto que no se puede ubicar en ningún género. No es una novela pero es literatura. No es una investigación académica pero es un libro que no desdeña la Historia. No es un ensayo propiamente dicho. Tampoco un trabajo periodístico ni una miscelánea escrita en primera persona. Pero el texto es todo eso. O más que “eso”. Mejor que “eso”, seguramente. “Mi historia se ha acabado y mi libro debería hacerlo también, pero descubro que es imposible terminar un historia semejante”, reflexiona Binet a medida que avanza. Tiene mucho de razón. La narración ya es eterna.
HHhH. Laurent Binet, Seix Barral, Biblioteca Formentor, Buenos Aires, 2012.
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